“Pillion” de Harry Lighton merece una (sobre)explicación

El final de “Pillion” de Harry Lighton ha levantado muchas preguntas y acalorado muchos debates… Es por eso por lo que merece una (sobre)explicación basada en un análisis que aborde la posición moral del espectador y la relación de dominación que protagoniza la peli.

A “Pillion”, la película dirigida por Harry Lighton, llegué con unas ganas que ni te imaginas. Y es que “Box Hill”, el libro de Adam Mars-Jones en el que está basada, fue uno de mis grandes descubrimientos del pasado año 2021 (y así quedó registrado en esta reseña que en su momento escribí para la Rockdelux). Lo fue, de hecho, por venir a circunscribirse en una tradición de literatura queer que me parece tan interesante como necesaria.

Porque Mars-Jones escribió este manuscrito y lo dejó olvidado en un cajón durante dos largas décadas hasta que decidió retomarlo… y, de paso, llevarse el Premio Fitzcarraldo de Novela en 2019. Esta historia puede recordar al “Maurice” de E. M. Foster pero, a la hora de la verdad, “Box Hill” poco tiene que ver con la literatura queer que este practicaba, siempre abogando por la normalización por la vía de la sutilidad, la calidez y el humanismo. Lo de Mars-Jones, por su parte, tiene más que ver con otro linaje de autores que van desde Jean Genet hasta Dennis Cooper, siempre esforzados no en arrojar luz sobre las sombras, sino en demandar que las sombras sean aceptadas como tal.

Antes de seguir con este texto, sin embargo, hay una cosa que debe quedar clara: “Pillion” (que es la palabra que se usa para la persona que va de “paquete” en una moto, es decir, ¿no podría haberse llamado “Paquete” en nuestro país y todo habría sido mucho más perfecto?) se toma amplísimas libertades con respecto a “Box Hill”. Tanto, que al final no solo se altera el argumento, sino incluso el tono… Una jugarreta que resulta más interesante todavía porque, al final del camino, resulta que los cambios acaban llevando al espectador del film hasta el exacto mismo lugar en el que acaba el lector del libro. El camino es ligeramente diferente, pero el destino es el mismo.

El meollo del asunto sigue siendo el mismo: un chavalín inseguro llamado Colin (Harry Melling) conoce a un motero llamado Ray (Alexander Skarsgård) y se enamora perdidamente de él, lo que hace no solo que consienta (de una forma nunca verbal, y esto es de vital importancia) en una relación de dominación en la que se entrega a su papel de esclavo de su nuevo amo, sino que, además, por el camino, descubre que eso mismo, ser un siervo, es su vocación más primaria.

Mi mencionada reseña de “Box Hill” en la Rockdelux acababa con esta reflexión: “Ray ama a Colin como quien marca a su ganado con un hierro a fuego vivo… Y es por eso que, incluso años después, Colin sigue lamiendo la herida de esa marca con fervor y dedicación. Pero, sobre todo, con una naturalidad pasmosa que tiene mucho que ver con esa normalización que hace décadas que reclama la comunidad LGTBIQ+. Una normalidad capaz desmantelar y desactivar un tabú social como el BDSM y demostrar que, donde muchos siempre han creído que hay dolor, en verdad lo único que hay es amor. Amor en sus propios términos”.

Esta es una reflexión que sigue siendo 100% aplicable a “Pillion”. “Box Hill” es alucinante porque obliga al lector a comprender que una relación de dominación está articulada, de hecho, alrededor el respeto y el amor más absolutos. Solo que ese respeto y amor se materializan siguiendo las reglas que ambas partes de la relación acuerdan, por mucho que sean reglas que nada tienen que ver con las aceptadas socialmente.

“Box Hill” va de disipar prejuicios a través de las descripciones minuciosas y delicadas que Adam Mars-Jones sublima al abordar las dinámicas de dominación en una relación de este tipo. “Pillion”, por su parte, también alcanza el mismo objetivo (derribar prejuicios) por una doble vía diferente. Por un lado, obligando al espectador a definir las líneas limítrofes de su posicionamiento moral. Por el otro, diseccionando las dinámicas de una relación de dominación con una herramienta diferente: obligando al espectador a habitar el ambiguo.

Un ambiguo que está trayendo de cabeza a muchos espectadores del film de Harry Lighton (ahí están los encendidísimos debates sobre un final que, si te lo paras a pensar, tampoco es tan complicado de entender). Un ambiguo que voy a intentar desentrañar por la vía del sobre-análisis. Que es mi vía preferida.

Pillion, de Harry Lighton

“Pillion” no solo es una película que tiene claro que su principal objetivo es poner a prueba el posicionamiento moral del espectador, sino que Lighton tiene la maestría de compactar este objetivo en una escena que sirve de faro guía para el resto de metraje. Se trata de la escena en la que Ray por fin accede a cenar con los padres de Colin y se encuentra con una batería de preguntas con las que la madre, sobre todo, intenta comprender la naturaleza de la relación de su hijo.

Se trata de un momento de incomodidad calculadísima y refinadísima. La conversación parece cómica en un toma y daca en el que Ray se muestra incólume, frío, reacio a explicar lo que para él ya está explicado sin necesidad sin palabras. Pero, por mucha comicidad que aligere la comida, la risa del espectador queda gélidamente congelada cuando el motorista corta en seco los avances de la madre de su siervo con una frase digna de ser enmarcada: “Decidir que lo que te incomoda a ti es malo para tu hijo es un poco retrógrado”.

Ahí está la clave del film: una invitación a que el espectador aparque su propia incomodidad, su propia necesidad de encontrar respuestas para lo que está ocurriendo entre Ray y Colin y lo acepte en sus propios términos, sin invalidarlo porque no se ciña a los cánones de “amor romántico” impuestos por la sociedad. Porque, a la hora de la verdad, aquí no hay amor: el propio Ray se sorprende (para mal) cuando Colin expresa ese amor de forma clásica, con comentarios directos, acciones o peticiones. Lo que sí que hay es una relación en al que ambas partes obtienen aquello que les hace felices.

Y es que, aquí, la felicidad tiene mucho que ver con dos tipos de psicologías tóxicas que se encuentran y encajan a la perfección la una con la otra. Colin es un perdedor feúcho que vive con sus padres y canta en un coro ridículo. Es un chaval al que su madre monta citas a ciegas y cuyos padres son, de hecho, sus mejores amigos. Alguien que, cuando enseña la foto de Ray a una compañera de trabajo, recibe el comentario de “¿qué hace un hombre como ese con un chico como tú?” (una pregunta que provoca la risa del espectador pero que apunta a una tristísima realidad).

Pillion, de Harry Lighton

Colin es una persona, por lo tanto, con una autoestima inexistente. Y esa falta de autoestima hace que sea feliz simplemente por el hecho de que un Dios como Ray le preste atención e incluso le brinde la posibilidad de servirle como se merece. Colin está ahí para que Ray haga con él lo que quiera y es feliz porque es plenamente consciente de que, pudiendo escoger a cualquier otro, lo escoge a él como siervo. Su personaje presenta la típica paradoja del “mi amo me necesita” cuando, en verdad, es él quien necesita sentirse siervo.

En contraposición, Ray es el epítome de la masculinidad tóxica. Lo único importante para él es su propio placer, algo que queda claro en una primera escena de sexo que establece la base de la relación entre ambos personajes: Ray arranca a Colin de las celebraciones de Navidad como primer mazazo sobre la voluntad de su siervo, dejando claro que está a su merced y que puede requerir su servicio incluso en momentos tan importantes para la familia como ese. Le obliga a demostrar que está dispuesto a sacrificar cualquier cosa para irse a un callejón a lamer las botas y el pene de su amo.

Ray es el hombre clásico que quiere una pareja sumisa que mantenga la casa y satisfaga sus deseos. Es el hombre que actúa con la seguridad de saber que es la razón por la que su siervo existe. Y, en definitiva, es el hombre competitivo que necesita sentirse el macho alfa constantemente, tal y como ocurre en una excursión al campo en la que “cambia” a Colin por otro sumiso para ganar una pelea por parejas en el agua.

En esa misma escena, Ray escoge a otro sumiso para una mamada que es pura depuración de las dinámicas de dominación: priva a su siervo de lo que este cree que es su derecho, le obliga a experimentar celos, pero al final le otorga lo que quiere (un orgasmo, un beso con una mano por medio, un “feliz cumpleaños”). De la misma forma en la que la conversación con la madre es ejemplo perfecto de cómo Harry Lighton obliga al espectador a posicionar su brújula moral, esta escena es la síntesis de cómo “Pillion” aborda su otro gran tema: las dinámicas de dominación.

Pillion, de Harry Lighton

Las dos psicologías que Harry Lighton despliega en “Pillion” para poner a prueba los límites de la moral del espectador hacen “clic” de la forma más tóxica posible movidas, de hecho, por dos factores principales. El primero de ellos es, obviamente, el sexo. La primera mamada en el callejón con un plano detalle de la cremallera del mono de la moto de Ray descendiendo hasta dejar a la vista la base del pene del motorista establece claramente la naturaleza de la relación de este con su futuro siervo.

Pero, ojo, porque, de la misma manera en la que película te obliga a considerar hasta dónde llegan los límites de tu moral, también te obliga a poner en tela de juicio qué consideras “sexo”. La lucha libre entre los dos amantes (en la que el sumiso está empalmado desde el minuto cero), por ejemplo, es más sexual que el propio acto sexual que la procede y que resulta ser bastante frustrante. La excursión al campo con los sumisos tirados sobre la mesa y con el culo en pompa, siempre listos para ser usados, está teñida de una mayor sexualidad que cuando por fin el sexo se formaliza.

En este contexto, Ray es un personaje ultra sexual que extiende su sexualidad hacia el terreno del fetiche: su moto y la ropa de motorista son sexo en sí mismas. Pero, extrañamente (o no), “Pillion” no es una película en la que abunden las escenas sexuales clásicas… Precisamente porque el sexo está en todo lo demás. Muchas de las escenas me recuerdan personalmente a la pregunta que suelen hacer personas cuando descubren determinadas prácticas sexuales BDSM y fetichistas que se salen del patrón de “sexo” clásico: “¿Pero después follan? ¿Cuándo se corren?”, suelen preguntar obviando que el placer está en la práctica y no en el orgasmo (que no es otra cosa que el verdadero fetiche del heteropatriarcado).

El “sexo”, o más bien el “placer”, está aquí en las dinámicas de dominación que son el segundo factor con el que las dos psicologías tóxicas de los protagonistas hacen “clic”. El único problema en la relación entre Ray y Colin es que el primero da por sentado que el segundo entiende las reglas de la relación sin necesidad de verbalizarlas cuando, en verdad, este las va descubriendo poco a poco, a trompicones y porrazos, de la forma más dolorosa posible.

Pillion, de Harry Lighton

La dominación está presente en la lista de la compra que Ray envía a Colin o en el despertador que suena a las 7 de la mañana para que, al despertar, el siervo encuentre un cubo con productos de limpieza acompañado de una nota con todas las tareas de mantenimiento de la casa que debe realizar. La dominación está en Ray vistiendo a Colin a su imagen y semejanza, poniéndole un collar de sumiso con un candado bien visible. La dominación está en raparle ese pelo del que parece estar tan orgulloso… Pero esta dominación es también la que hace que alguien como Colin tenga acceso a un verdadero Dios que sabe fuera de su alcance. Quid pro quo.

Pero repito: el siervo desconoce por completo las reglas de la dominación en general y de esta relación de dominación en concreto. Y eso es lo que, en última instancia, provoca que la relación se degrade. Tras la muerte de su madre, Colin fuerza la maquinaria de la relación para que Ray le conceda “algo”, un mínimo de “normalidad”: un día a la semana, al mes, en el que olvidarse de las reglas y ser una pareja “normal”. De entrada, el amo niega de forma tajante esta posibilidad. Pero finalmente, y viendo cómo el siervo pierde la cabeza, decide concederle ese día… y desaparecer por completo al día siguiente.

“Ray va a su bola”, le comenta otro sumiso a Colin cuando este busca a su amo en quedadas de moteros gays acompañado de su padre (que ha sido su amigo silencioso y escudero durante toda la peli y que, a diferencia de la madre, nunca le ha juzgado). Y lo jodido es que la desaparición de Ray cuadra con el personaje que hemos conocido durante la película: desparecer simple y llanamente porque puede, porque le da la gana, como una última imposición de su persona sobre la de su siervo.

Sin embargo, las dos escenas finales de “Pillion” arrojan luz sobre el gran misterio de la peli, que no es otro que la desaparición de Ray. Primero, Colin escribe el texto de su perfil en una app de encuentros en la que se define como sumiso estableciendo, esta vez sí, sus propios límites infranqueables (no se cortará el pelo, de vez en cuando querrá besos). Después, Colin por fin encuentra a un nuevo amo… Y entonces queda claro que lo que ha hecho Ray ha sido brindarle a su siervo una última lección nacida del amor: enseñarle quién es realmente. Hacerle comprender que servir es su naturaleza y que, por lo tanto, no es NADA si no tiene un amo.

Sinceramente,

Raül De Tena

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Sobre el autor

Raül De Tena

Al ponerme a escribir esta bio me he dado cuenta de que, así, a lo tonto y como quien no quiere la cosa, llevo más de veinte años escribiendo sobre temas relacionados con la música, la moda, el cine, la literatura, la cultura en general. Siempre he escrito muy sinceramente... Pero, ahora, más todavía.

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