“Confessions II” de Madonna cambia las reglas de la industria del pop

Madonna ha sido la impulsora de múltiples revoluciones a lo largo de su carrera, pero probablemente nadie esperaba que volviera a cambiar las reglas de la industria del pop con su nuevo disco “Confessions II”.

Ya hace casi un mes que Madonna lanzó su nuevo disco y, si hay algo que el mundo no necesita, es precisamente OTRA reseña del “Confessions II” (Warner, 2026). Pero es que este texto no pretende ser OTRA reseña del “Confessions II”, ni mucho menos. ¿Lo voy a usar entonces como excusa para deslizar mi opinión al respecto? Sí. Raül siendo Raül. En eso consistirá básicamente la primera sección que te vas a encontrar justo después de esta intro.

Pero quiero pensar que le verdadera chicha de este artículo está en la segunda sección, que es donde vierto todo un conjunto de reflexiones que no dejan de sobrevolar por encima de mi cabeza desde la primera escucha del álbum. Ese es el punto y final de una serie de conversaciones con amigos que me han ido ayudando a perfilar la idea de que, sí, Madonna ha vuelto a revolucionar la industria del pop. A sus 68 años. Justo cuando ya nadie daba un duro por ella y tras una serie de discos prescindibles que fueron acotando poco a poco su capacidad de influencia a la hora de conjugar el presente musical.

Ojo, que también estamos hablando de la ruta natural en la carrera de la mayor parte de artistas que van envejeciendo en activo. Nadie puede ser rompedor constantemente, todo el rato, a topísimo, en todos y cada uno de los instantes minúsculos de su vida artística. Eso es así. Lo que resulta más extraño es que una figura de la música contemporánea sea capaz de cambiar las reglas del juego a una edad en la que la mayoría de los artistas ya se ha acomodado en el colchón de los royalties, desde donde es comodísimo publicar lo que sea para seguir ordeñando la vaca vieja.

A Madonna le debemos múltiples revoluciones que se desbordan más allá de la música. Porque este mujerón siempre supo que podía utilizar la música para cambiar la sociedad, y ese fue precisamente su secreto a la hora de concatenar revolución tras revolución: obligó al heterpatriarcado a respetar a las mujeres como seres (exhuberantemente) sexuales, dio ejemplo abrazando a la comunidad gay durante la epidemia del sida (es decir, justo cuando la comunidad más lo necesitaba), abrió múltiples puertas en la industria musical para que las mujeres que vinieron detrás las atravesaran corriendo, tendió puentes entre el pop y la electrónica desde su estudio de grabación e instauró un modelo de diva pop que ha sido copiado hasta la saciedad.

Todas estas son las macro-revoluciones de Madonna, que siempre se vieron acompañadas de micro-revoluciones igual de importantes. Porque Madonna era capaz de dignificar todo aquello que tocaba y ponerlo de moda después. ¿Criticar a la religión está mal visto? Vamos a tocarles los cojones con “Like a Prayer“. ¿La sociedad teme a la cultura queer por culpa del sida? Vamos a poner de moda el voguing. ¿El house y el disco están de capa caída tras un cambio de siglo que imponía folk y electrónica dura? Vamos a recuperarlo con ese discazo que es el “Confessions on a Dance Floor” (Warner, 2005).

Y cualquiera podría pensar, entonces, que la revolución del “Confessions II” está precisamente en volver a poner de moda el house y el disco en nuestros tiempos de EDM y otras chuminadas musicales. Pero no van por ahí los tiros. Su revolución es otra. Pero, antes de entrar en ella, ¿me permites darte una pequeña chapa sobre por qué estoy completamente obsesionado con este disco?

Confessions II, de Madonna

Tengo que reconocer que Madonna me pilló por sorpresa cuando lanzó “I Feel So Free”, que resulta que no fue el primer single del que acabaría siendo su nuevo álbum sino su primer avance. Y me sorprendió porque, para empezar, este podría haber sido perfectamente el primer single, ya que es una intro pluscuamperfecta que establece el tono musical (disco-house con toque deep y con un guiño a Donna Summer que tiende puentes hacia “Future Lovers” de “Confessions on a Dance Floor”). También me sorprendió porque abre el corazón de una forma puramente confesional. ¿Y no va todo esto precisamente de confesiones?

Sometimes I like to just hide in the shadows / Create a new persona / A different identity / I can be whoever I wanna be” (“A veces me gusta simplemente esconderme entre las sombras / Crear un nuevo personaje / Una identidad diferente / Puedo ser quien quiera ser“) son casi las primeras palabras del tema. Y del álbum. Una referencia a la capacidad camaleónica de Madonna para cambiar de piel de disco a disco, pero también un canto de amor a la pista de baile como espacio seguro transgeneracional.

It’s dangerous with just one person / That’s not a nice feeling / But out here, on the dance floor / I feel so free” (“Es peligroso estar solo / No es una sensación agradable / Pero aquí fuera, en la pista de baile / Me siento tan libre“), sigue desgranando en la misma canción. Y, de esta forma, Madonna ya ha definido en los 5 primeros minutos de “Confessions II” toda la intención de su álbum. Su universo. Su lore. Un lore que muchos veníamos necesitando después de una época en la que convivieron la bajada de rpms del “atún con pan” en el reguetón y el desquicie extremo de los mismos en el hyperpop.

Muchos, simple y llanamente, queríamos bailar en el club tan ricamente. Con la ayuda de Stuart Price (¿es necesario que explique de nuevo toda la cantinela sobre que fue el productor de “Confessions I” y bla, bla, bla? ¿Y que, en el disco, su aportación convive con la de otros productores como Mirwais, Martin Garrix o Arca?), Madonna acude a nuestra salvación con todo un álbum que funciona en un doble movimiento: centrípeto y centrífugo a la vez.

Centrípeto porque, obviamente, es imposible no escuchar canciones del disco y recordar otras épocas de la misma artista… Y aquí no pienso sentar cátedra (porque, en verdad, soy poco madonnólogo) pero, tras la continuidad de una “Good for the Soul” que es puro “Confessions I”, en “One Step Away” es fácil rastrear el baile trascendente de “Ray of Light” (Warner, 1998), en “Love Without Words” las paredes están empañadas de “Erotica” (Maverick, 1992), en “School” se encuentra la sucesora natural de “Human Nature” (que, probablemente, es mi canción favorita de la artista), en “Fragile” moran las brumas de “Bedtime Stories” (Maverik, 1994).

Otras canciones, simplemente bajan y concretan diversos intentos que han mantenido a Madonna ocupada desde “Hard Candy” (Warner, 2008). Y, por el camino, la tía incluso entrega tres temazos que rozan la perfección por diferentes motivos: “Bring Your Love” contiene su energía juvenil de los 80 aplicada al house-pop de cambio de siglo; “Danceteria” es una obra maestra que no solo practica la auto-biografía, sino también la auto-celebración que no fue “Give Me All Your Luvin“; y “Everything” la incluyo aquí porque su burrada pseudo-EDM me obsesiona. Porque “It’s not ok, I don’t fuck with it“. Y punch.

Pero ya he dicho que “Confessions II” funciona también de forma centrífuga: Madonna no solo se mira el ombligo y se dedica a facturar canciones que hablen de otras épocas, sino que integra todas las piezas de este puzzle identitario para meterte en un continuum coherente y sólido. Esto no es un catálogo de las diferentes caras que puede mostrar la pista de baile en una misma velada, sino que es una largo viaje a través de la noche. A través del sonido de la noche, para ser específicos..

El concepto de viaje, de hecho, es aquí muy importante. En los 90, todos estábamos obsesionados con discos que fueran un viaje, que tuvieran una narrativa intencional y que no fueran un cúmulo de temas empaquetados para venderse. Lo que después llamaríamos flow. Así que, en estos tiempos en los que parece que el concepto de álbum ha perdido el favor de un mercado que prioriza el shuffle y las playlists, resulta revigorizante comprobar que Madonna plantea “Confessions II” como un viaje, y no solo porque las canciones estén mezcladas y den paso las unas a las otras.

Aquí hay mucha chicha que rascar. Por ejemplo: yo mismo me compré el vinilo que solo tiene 12 temas porque, en serio, me parece que ese es el “Confessions II” verdadero. El resto son añadidos. Escuchado en esta versión, es fácil percibir que Madonna incluso ha jugado a hacer un viaje diferente para cada cara del vinilo: la cara A (6 primeras canciones) son el jugueteo hiperactivo de cuando acabas de llegar al club, la cara B (6 últimas canciones, todas ellas vertebradas por la omnipresencia del ” “) son cuando ya estás bailando en las profundidades de la pista. Probablemente disociado. Solo existís la música y tú.

Y me detengo aquí… Porque dije que esto no iba a ser OTRA reseña del “Confessions II” y casi casi casi que esta sección se me ha alargado más que otras reseñas que he leído por ahí. Pero recordemos: la razón de este artículo no es el por qué de mi obsesión con mi álbum (aunque haya sido un goce tremendo escribir a ese respecto), sino reflexionar por qué Madonna ha vuelto a cambiar las reglas de al industria del pop.

Confessions II, de Madonna

En los últimos meses, he escrito mucho (¡muchísimo!) sobre Madonna y el lanzamiento de “Confessions II”. Desde el grindrazo con el que la diva protagonizé una rentrée histórica hasta, sobre todo, aquel pretendido beef con Charli XCX que acabó en agua de borrajas. Un beef que me viene al pelo para mi tesis porque, al fin y al cabo, partía de Charli afirmando que la pista de baile estaba muerta mientras que Madonna respondía con un rotundo “si crees que la pista de baile ha muerto es porque no pones las canciones adecuadas“.

Esto no solo era un intercambio de opiniones: era un pulso por ver quién tenía mejor pillado el zeitgeist del momento, si la autora del “brat” (Atlantic, 2024) que definió el verano de 2024 o una señora de 68 años. Spoiler alert (y sin ánimo de enfrentar a diva)s: el verano de 2026 se está viendo definido por “Confessions II”. Y, para muestra, ese anuncio de la media parte del Mundial de fútbol en el que el tul morado de la portada del disco caía lentamente hasta cubrir un estadio. 2024 fue el verano del verde lima. 2026 está siendo el verano del morado semitranslúcido.

Y aquí viene la revolución: ¿es esta la primera vez en la historia de la música pop que una artista de una edad tan avanzada es capaz de definir el momento? Esto tiene mucho que ver, de hecho, con el contexto histórico que nos ha tocado vivir. Al fin y al cabo, la industria del pop siempre ha estado definida por las nuevas generaciones: por una industria que supo captar a los artistas de las nuevas generaciones para que facturaran un sonido de nueva generación capaz de hacer que el público de la nueva generación pasara por taquilla.

Por todos es sabido que el concepto “adolescente” fue inventado por los Estados Unidos siguiendo una lógica capitalista: el nivel de devoción (económica, temporal, energética) de los adolescentes es imposible de mantener una vez ingresas en la vida adulta y te ves en la necesidad de repartir tu dinero, tiempo y energía. Durante mucho tiempo, la industria de la música podía contar con que, si le daba a los adolescentes aquello que querían, estos corresponderían el gesto ofreciéndole un dinero que salía tanto de su propio empleo (está comprobado que las nuevas generaciones cada vez tardan más en trabajar) como de la bonanza financiera de sus padres (antes de que la crisis del 2008 hiciera explotar la burbuja).

Por lo tanto, en las últimas décadas, la adolescencia ha ido perdiendo capacidad adquisitiva. ¿Siguen siendo los que más ruido hacen? Obvio. Pero a la precariedad económica se ha venido a sumar la propia transformación de la industria. Las plataformas de streaming musical rompieron el modelo de negocio de la venta, algo que se ha visto agravado por el hecho de que, a día de hoy, muchos de los artistas que parecen definir el momento lo hacen a través de virales en TikTok o escuchas en streaming que no generan dinero real. Para un artista, también para la industria, el dinero sigue generándose en las (ventas de) ediciones físicas y en los (cada vez más caros) espectáculos en directo.

Y aquí viene lo interesante: en 1995, los adolescentes eran el segmento demográfico que más dinero se gastaba en la industria de la música, mientras que ahora esa dominación ha caído hasta un más discreto 50% (el primer estudio se refiere a compras musicales generales, el segundo al vinilo en exclusiva… Pero ya entiendes por dónde va la tendencia). Y lo que es peor: de la misma forma que ahora un Disco de Oro ya no es lo mismo que antes (sino que se entrega con un nivel de ventas mucho menor), el segmento “adolescente” se ha ampliado para que incluya una horquilla de edades que va desde los 18 hasta los 34 años (dato también extraído de aquí).

Esto significa que, actualmente, en este segmento ya no entra solo la Gen Z, sino también los Millenials tardíos. Además, aquí puedo hablar por experiencia propia: la tontería de “los 40 son los nuevos 30” en verdad es poca tontería, y el rollo peterpanesco de mi generación implica que seguimos saliendo de fiesta, gastándonos el dinero en música e implicándonos en la escena cultural. Ante semejante panorama, y siguiendo una lógica puramente capitalista, ¿por qué deberían las nuevas generaciones seguir definiendo en exclusiva el presente musical? ¿No estaremos entrando entonces en una nueva época transgeneracional en el que lo “teen” habrá de convivir en relevancia con otras generaciones?

En ese contexto, tiene sentido que Madonna haya venido a romper la baraja del status quo en la industria pop actual. Porque, probablemente por vez primera, el momento (es decir, verano de 2026) ha sido definido por un artista de vieja generación que ha facturado un sonido no específicamente de nueva generación capaz de hacer que el público de todas las generaciones pase por taquilla. Si esto no es una revolución, no sé qué puede serlo.

Y supongo que habrá quien venga a decirme que Madonna se ha valido de las colabos de aires frescos (Sabrina Carpenter, Feid, Martin Garrix) para justificar su relevancia. Rollo Elton John arrimando la cebolleta a Dua Lipa y a Britney. Pero, sinceramente, solo hace falta tener orejas para comprobar que lo que hace la artista en este álbum no es buscar la revitlización chupándole la sangre a los jovenzuelos. Lo que hace Madonna es invitarles a su fiesta. Con sus propias reglas. En sus propios términos.

También supongo que habrá quien venga a decirme que el sonido de “Confessions II” no tiene nada de revolucionario. A lo que tendré que contestar: ¿qué sonido ha sido revolucionario desde, qué sé yo, la propagación de la electrónica en los 90? El reguetón ha sido una actualización de un sonido ancestral. El hyperpop ha sido una redefiniación del pop a través de un aceleracionismo a ritmo de drum’n’bass. Por volver a Charli XCX, “brat” no supuso una revolución musical, sino una resignificación de muchas cosas que ya existían.

En el ensayo “Aesthetics of Pop Music”, Diedrich Diederichsen apunta a que, a diferencia de otros géneros, el pop no se define exclusivamente en su música sino también en todo lo que le rodea: “No solo requiere fuentes de sonido y oyentes, sino también imágenes, lenguaje, ideas, vestuario y escenografías“. Dicho de otra forma: un fenómeno pop no se limita a una canción o un disco, tampoco a un artista, sino a todo lo que les rodea. Es precisamente por esto por lo que el pop puede ser revolucionario si múltiples de sus facetas lo son y aunque una de ellas no lo sea. Incluso si la que no es revolucionaria es precisamente la faceta musical.

Es por eso mismo por lo que “brat” fue revolucionario sin ser un disco revolucionario. Es por eso mismo por lo que “Confessions II” también lo es. Porque este es un álbum que se circunscribe a la perfección a la teoría de Simon Reynolds sobre la “Retromania” (“Vivimos en una era pop enloquecida por lo retro y obsesionada con la conmemoración“). Pero, donde Reynolds veía estancamiento, Madonna ve una oportunidad ideal para unir a diferentes generaciones y ponerlas a bailar todas juntitas en el mismo dance floor.

Esa es la revolución de este disco: asumir que los tiempos han cambiado, que los jóvenes ya no son tan influyentes y que los más mayores seguimos invitados a la fiesta. Madonna se ha pasado por el chichi esa fragmentación generacional con la que quieren obsesionarnos desde el conflicto constante, siempre enfrentando a boomers y zillenials, a millenials contra el resto. Porque esto nunca fue de ganarle la batalla a Charli XCX, tampoco de demostrar que los viejos pueden seguir siendo relevantes. Esto fue de demostrar que la segmentación es tan solo un concepto de marketing. Esto fue de democratizar una pista de baile que nos pertenece a todos de forma transversal y transgeneracional.

Sinceramente,

Raül De Tena

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Sobre el autor

Raül De Tena

Al ponerme a escribir esta bio me he dado cuenta de que, así, a lo tonto y como quien no quiere la cosa, llevo más de veinte años escribiendo sobre temas relacionados con la música, la moda, el cine, la literatura, la cultura en general. Siempre he escrito muy sinceramente... Pero, ahora, más todavía.

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