Sobre cómo “Heated Rivalry” me exasperó al principio… pero acabó derribando mis defensas

¿Me pasé casi la todalidad de “Heated Rivalry” odiando esta ficción sobre un amor homosexual en el contexto homófobo del hockey de élite? Sin duda. ¿Fueron mis defensas finalmente derribadas? Absolutamente. Y esta es la historia de cómo fui totalmente derrotado por esta serie.

Siendo yo maricón y muy maricón (y esta es una aseveración que, abriendo un artículo como este, hay que tomar como declaración de intenciones que condicionará todo lo que voy a escribir a partir de aquí), tengo que reconocer que he acabado desarrollando una especie de sentido arácnido que me advierte contra cierto tipo de fenómenos culturales que me obligan a preguntar: ¿esto tiene sentido más allá de la mariconería? ¿Me parecería interesante si no estuviera protagonizado por hombres que se lían con hombres? ¿Estoy bajando mis estándares de calidad sólo porque me habla directamente a mí (algo que no hace el 95% de la producción audiovisual, de hecho)?

Al mismo tiempo, siendo yo maricón y muy maricón, también tengo que reconocer que hasta el último capítulo de “Heated Rivalry” tuve serias dudas sobre la calidad de la serie. Una cuestión, de hecho, no dejaba de asediar mis visionados calentorros: ¿sería capaz de pasar por alto todo lo que me estaba exasperando en esta ficción si los protagonistas no fueran dos hombres sino un hombre y una mujer? Aunque, claro, luego llegó el último capítulo y lo cambió todo…

Pero no avancemos acontecimientos y seamos ordenados. No saltemos a las conclusiones porque, sin todo el camino que conduce hasta ellas, no se entiende mi posición al respecto de esta serie creada por Jacob Tierney para la cadena canadiense Crave y que en España puede verse en Movistar+ bajo el título de “Más Que Rivales” (aunque en este artículo seguiré refiriéndome a ella como “Heated Rivarly” porque, a ver, es que así es como la llamamos todos en redes sociales y a veces necesito un segundo de reajuste mental cuando alguien se refiere a ella como “Más Que Rivales”).

Empecemos así con todo aquello que me llevó a ventilar los cinco primeros episodios de la serie con ansia y avidez, ostentosamente excitado… pero también ligeramente exasperado.

Heated Rivalry

Llegué hasta “Heated Rivalry” sin haber leído la saga de libros “Game Changers” de Rachel Reid. Lo reconozco: no sabía nada de su existencia y me sorprendió descubrir que esta primera temporada, de hecho, (más o menos) se salta el primer libro para abordar directamente al segundo, que está protagonizado por la historia de amor entre dos jugadores de hockey enfrentados por una rivalidad mediática: el canadiense Shane Hollander al frente de los Montreal Metros y el ruso Ilya Rozanov capitaneando a los Boston Raiders.

Lo primero que sorprende en “Heated Rivalry” es la velocidad a la que todo ocurre. Por un lado, es imposible no engancharse inmediatamente al ritmo frenético de unos primeros episodios capaces de ventilar de un plumazo todo un año en la vida de los dos amantes. Los acontecimientos se esquilman hasta los huesos, dejando tan solo pequeñas pinceladas de lo que va ocurriendo. El interés recae en los encuentros sexuales, obviamente, pero incluso estos se supeditan al calendario deportivo en el que los años se estructuran en base a temporadas repetitivas.

En esas repeticiones, Hollander (interpretado por Hudson Williams) y Rozanov (Connor Storrie) camuflan inconscientemente las ansias de sus encuentros en la certeza de que van a ir encontrándose. Y de que van a ir calmando sus calentones siempre a escondidas, en camas furtivas a las que van a parar después de enviarse numerosos mensajes amparados en el subterfugio de saber que cada uno de ellos tiene guardado al otro con nombre de mujer. Por si a alguien se le ocurre mirar las pantallas de sus teléfonos.

En los primeros episodios de “Heated Rivalry”, es el calendario deportivo el que marca un ritmo estimulado por un uso de la música como cemento capaz de conglomerar dos tipos de tensiones diferentes: la tensión deportiva y la tensión sexual. Algo que, de hecho, no anda demasiado lejos de lo que hizo Luca Guadagnino en “Rivales” (otra ficción que sabe un buen rato de amalgamar tensión deportiva y tensión sexual).

En contrapartida, esta vertiginosidad narrativa se traduce en una extrema superficialidad que afecta tanto a la trama como a unos personajes secundarios que a veces son meras comparsas que evolucionan a golpe de guión y atendiendo ciertas necesidades dramáticas. Ahí está Rose Landry, catarsis para la escena de celos en el club que cierra el capítulo 4 pero que, al principio del episodio 5, y sin haber desarrollado para nada la relación de pareja que tiene con Hollander, de repente corta con él porque es plenamente consciente de que es gay. Y yo no solo me pregunto cómo ha llegado Rose hasta ahí, sino que me entristece que se me haya escamoteado un proceso que podría haber sido interesantísimo.

Lo mismo aplica a un Scott Hunter que, de hecho, es el protagonista del primer libro de la saga “Game Changers”. Esa primera novela se condensa en el capítulo 3 de “Heated Rivalry”, un episodio excelente porque, de repente, deja claro que la serie es capaz de construir un arco narrativo completo y complejo… Un logro que, sin embargo, acaba tirándose por tierra cuando, al final del episodio 5, vuelve a marcarse otro Rose Landry. En esta ocasión, Hunter gana una importante copa y se atreve a sacar a su novio al campo de juego para plantarle un beso que, de repente, se convierte en una revolución en el seno de un deporte tan homófobo como el hockey.

De nuevo, yo me pregunto: ¿cómo ha acabado ahí Scott si, al final del capítulo 3, parecía que se había separado del chico de los batidos? ¿Por qué nos niega Jacob Tierney la posibilidad de gozarlo con estos arcos argumentales que quedan cochambrosamente desdibujados? Y lo que es más importante: ¿perdonaría estos derrapes narrativos si no estuviera constantemente excitado con las escenas sexuales y emocionado con la relación amorosa que va despuntando poquito a poco en “Heated Rivalry”?

Por suerte, como ya he dicho en la intro de este artículo, el último episodio de la primera temporada pone todo en perspectiva y, al llegar a él, me doy cuenta de que todo lo que yo consideraba negativo había sido pormenorizadamente planeado. Una treta con el objetivo de retratar una historia de amor homosexual en un doble contexto: en el marco poco halagüeño de un deporte masculino de élite por un lado y, por el otro, en unos términos puramente gays impensables en cualquier otro tipo de relación sexo-afectiva que no sea la que se da produce entre dos hombres.

Heated Rivalry

Este doble contexto es lo que finalmente derribó mis defensas, empezando por ese contexto deportivo de élite que resulta francamente arrebatador. Al fin y al cabo, la serie lleva la “rivalidad” en su propio título y dicen por ahí que este rasgo de la relación entre los protagonistas no es algo a lo que Rachel Reid preste demasiada atención en su saga de novelas.

En “Heated Rivalry”, sin embargo, los dos primeros episodios se sustentan en la construcción de una rivalidad deportiva estructurada a través de las elipsis temporales, la música frenética y, claro, el sexo como algo que ocurre entre Ilya y Shane de forma instintiva, casi descerebrada. Para los protagonistas, el sexo es algo excitante debido al secreto que lo envuelve y a la sensación compartida de que, dadas las circunstancias, no puede ni debe ir a más… Hasta el final del segundo capítulo, claro, donde un SMS no enviado lo cambia todo: “Ni nos hemos besado”, escribe Hollander en un mensaje que nunca llega a enviar.

Este gesto frustrado es la primera estocada a lo que hasta el momento parecía que “Heated Rivalry” iba a ser. Es una revolución sofocada que, sin embargo, abre las puertas a lo que ocurre en el capítulo 3: la historia de amor de Scott Hunter con el chico de los batidos. Un romance que demuestra que lo que Rozanov y Hollander han estado reprimiendo durante dos episodios es posible por mucho que ellos todavía no lo sepan. (Por cierto: Scott Hunter siempre siendo pionero, tal y como volverá a ocurrir al final del episodio 5.)

Una vez abierta esta puerta, la serie empieza a frenar progresivamente y por fin se aventura a explorar una mayor complejidad en las psicologías de los protagonistas. Por fin comprendemos que el miedo a salir del armario por parte de Shane viene de la presión que ejerce una madre / manager (momager total) que ha creado para su hijo un clarísimo camino de éxito en el que no cabe la homosexualidad. De ahí que el chaval pruebe suerte con Rose… pero también que acabe reconociendo su propia orientación sexual en un diálogo icónico sobre clavijas que entran y salen.

Rozanov también gana en complejidad cuando “Heated Rivalry” profundiza en la relación con su familia, marcada por un padre enfermo y un hermano gorrón que le insulta por maricón mientras mete la mano en un bolsillo que cree repleto de un dinero que le corresponde por derecho propio. La escena en la que Ilya por fin abre su corazón y expone la realidad de su situación en ruso mientras Shane está al otro lado del teléfono sin entender nada, pero acompañándolo en el sentimiento, es una preciosidad (por mucho que parte de esa preciosidad se la lleve por delante la elección de la música más cliché posible: ¡el sobadísimo “Claro de Luna” de Beethoven!).

Tras dos episodios de desaceleración y profundización coronados por el mítico “I’m coming to the cottage” al cierre del capítulo 5, el episodio 6 vuelve a cambiar las reglas del juego por completo. Aquí no hay elipsis brutales, sino que nos encontramos ante una única unidad temporal en la que los amantes por fin se atreven a explorar las verdaderas implicaciones de su relación amparados en la Fortaleza de la Soledad de Shane. Claro que hay sexo, cómo no va a haberlo. Pero también hay abrazos mirando el fuego en silencio y, en general, el canto de sirena de cómo podría ser una vida en común…

Heated Rivalry

Lo que obliga al espectador a comprender que, en su inicio, “Heated Rivalry” había ido a piñón y se había quedado en la superficie porque precisamente eso, superficie y contacto sin consecuencia, nunca explorar por debajo de la piel, era la única posibilidad que Hollander y Rozanov contemplaban para su relación. Una asunción inevitable en el mencionado contexto de deporte de élite poco receptivo con cualquier tipo de disidencia sexual que no sea el macho y muy macho.

Este contexto, como ya he dicho más arriba, está fuertemente ligado al retrato de una relación de sexo y amor que solo puede concebirse como maricón y muy maricón. Una relación totalmente impensable en el marco del chico / chica hollywoodiense habitual. Algo que, de hecho, distingue a “Heated Rivalry” de otras series (como, por ejemplo, “Heartstopper”) que tienen una de sus grandes valías en representar algo que los maricones nunca tuvimos (un amorío de instituto) por mucho que nos lo mereciéramos.

Pero hay que reconocer que esas otras series funcionarían igual si los protagonistas fueran un chico y una chica. Y eso es totalmente impensable en el caso de “Heated Rivalry”: pon a un chico y una chica en los lugares de Ilya y Shane y verás lo perturbador que resulta de imaginar. Porque esto sí que es algo que ya hemos tenido: una ficción que solo puede operar dentro de las dinámicas de la cultura gay, como ya ocurrió por ejemplo en “Queer as Folk”. Pero nunca lo tuvimos a este nivel de producción y, sobre todo, avalado por un éxito masivo que hace unos años hubiera sido altísimamente improbable.

La heteronorma no estaba preparada para una hiper-sexualidad que es rasgo intrínseco de la cultura gay y que la serie expone desde el primer episodio. Ojo, que hasta lo cronometré… A los 4 minutos de arrancar la acción, ya tenemos una escena en la que, tras encontrarse en el gimnasio del hotel y dejarse el pellejo en las bicis estáticas, Hollander y Rozanov, se pasan una botella de agua resignificada como símbolo fálico tras haber sido convenientemente enfocada entre las piernas del ruso. En el minuto 6 ya ha habido escenita de duchas calentorras. Del minuto 7 al 12 incluso se despliega una primera escena de sexo que ha ocupado la mitad de lo que el espectador lleva visto.

Estos 12 primeros minutos de “Heated Rivalry” son una bellísima y pertinente declaración de intenciones que establece el tono de la serie. Después, el ritmo de la competición deportiva temporada tras temporada hace que la relación de los protagonistas se sustente en el sexo… Y, ojo, porque este es un sexo que nunca elude ciertos toques de toxicidad que, por problemáticos que sean, hay que reconocer que son una representación fidedigna de las dinámicas sexo-afectivas de la comunidad gay.

De hecho, la serie de Jacob Tierney aborda la realidad sexo-afectiva gay de una forma deliberadamente maricona, impreganada de testosterona de gimnasio y enredada en conceptos masculinos problemáticos. Algo que es especialmente evidente en un personaje como Rose, que acaba convertido en objeto puramente transacional (de nuevo, la sombra de “Rivales”) en el que los dos amantes vuelcan unos celos y frustraciones que acaban por explotar en el también icónico final del episodio 4: ¡las miradas en el club! ¡Esos primerísimos primeros planos del orgasmo de ambos por separado, Shane con Rose, Ilya en la ducha, pero el uno pensando en el otro y viceversa!

Al final de todo, “Heated Rivalry” es una ficción que celebra lo maricón sin unos edulcoramientos que, en otras series, pueden ser entendidos como un intento de mendigar la normalización por la vía de esconder las aristas de la cultura intrínsecamente gay. Aquí, por el contrario, se abordan los sinsentidos y los claroscuros de la toxicidad de las relaciones maricas. Un abordaje realizado desde la superficialidad (inicial) y con cero pretensiones elevadas porque su objetivo es dirigirse directa a tu entrepierna. Y, una vez allá, hacerla arder.

Sinceramente,

Raül De Tena

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Sobre el autor

Raül De Tena

Al ponerme a escribir esta bio me he dado cuenta de que, así, a lo tonto y como quien no quiere la cosa, llevo más de veinte años escribiendo sobre temas relacionados con la música, la moda, el cine, la literatura, la cultura en general. Siempre he escrito muy sinceramente... Pero, ahora, más todavía.

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