Hay dos cosas de “Pluribus” que elevan la ficción de Vince Gillighan y que espero que sean copiadas por todas las series del futuro: la sustracción como herramienta narrativa y el infinito respeto hacia el tiempo y la atención del espectador. Dos cosas en desuso en nuestra era de las redes y la IA.
Hay una cosa de “Pluribus“ que me obsesionó desde el primer episodio de la serie. Y, de hecho, no es algo que ocurriera dentro de ese mismo episodio de apertura, sino más bien algo que ocurrió en los títulos de cierre y que se mantuvo en los créditos del resto de capítulos. Me estoy refiriendo a la frase “This show was made by humans” (“Esta serie está hecha por humanos”) que Vince Gilligan planta como declaración de intenciones contra el uso de la IA generativa pero que, a la vez, va incluso más allá.
Y es que esa declaración de intenciones podría ser interesante plantada cualquier otra serie aquí y ahora (y en el futuro), justo en este momento histórico en el que el uso de esta tecnología está causando estragos en la industria del audiovisual. Ya no solo por culpa de la generación de toneladas y toneladas de bazofIA / slop que ha empezado a contaminar internet (y que plataformas de streaming como Disney+ pretenden refrendar e institucionalizar de la peor forma posible). Sino, sobre todo, por su uso indiscriminado para tareas antes realizadas por humanos (desde traducción a doblaje, pasando por guión, efectos visuales y un largo etcétera) que, en su tránsito hacia la IA, se traduce en una inevitable devaluación de calidad.
Dicho de otra forma: tú pagas lo mismo por el servicio, pero el servicio se ha vuelto peor por culpa de las avasalladoras tácticas de depuración presupuestaria que han visto en la Inteligencia Artificial un reemplazo a la mano de obra humana (más cara). Y ahí es donde Vince Gilligan, creador de las archiconocidas “Breaking Bad” y “Better Call Saul”, ha decidido edificar una frontera que grita furiosa: “por aquí no pasará la IA”. Y eso es algo que hay que celebrar porque, como decía más arriba, es una declaración de intenciones que no se queda en el cómo (se ha hecho la serie), sino que se expande a lo largo y ancho del qué (quiere decir la serie).
Es por esto por lo que, ahora que la primera temporada de “Pluribus” se ha cerrado por todo lo alto (¡altísimo!), deberíamos empezar a impulsarla como ejemplo a seguir por las series del futuro. Básicamente, porque en su interior encierra dos grandes lecciones que van contra el tiempo que Gilligan habita, pero que hablan con palabras mayores del futuro que ojalá lleguemos a contemplar en la pantalla de la televisión (o donde quiera que veas tus series a día de hoy… y de mañana).
Lección 1. Vince Gilligan dice: sustracción, no adición

Partamos de la perogrullada de que el visionado de “Pluribus” es una absoluta gozada a todos los niveles que se te puedan ocurrir. Pero, si nos centramos inicialmente en la superficie, el apartado de la cinematografía y la fotografía apunta altísimo en la dirección contraria a la acumulación de elementos típica de los blockbusters cinematográficos o de todas esas series que apelan a una audiencia enganchada al móvil, algo que suele traducirse en una multiplicación de elementos que mantienen el ritmo pero que están mayormente vacíos para así permitir las fugas de atención.
Por el contrario, la ficción de Gilligan apuesta por la sustracción de elementos, por espacios vacíos, ciudades sin humanos o, por el contrario, masas de humanos (infectados por un virus extraterrestre) que se ordenan de una forma de la que se sustrae cualquier atisbo de humanidad. Porque de eso va “Pluribus”: de cómo un virus extraterrestre convierte a toda la Humanidad en una unidad que comparte una mente colmena, en un eficiente enjambre de hormiguitas que optimiza su funcionamiento con el objetivo de conseguir una existencia feliz para todos que, a la vez, interfiera lo mínimo posible con el planeta y el resto de especies.
Pero la mencionada sustracción no solo afecta a la forma, sino también a aquello que une a esta forma con el fondo: los diálogos son escasos (y, precisamente por eso, extremadamente valiosos cuando ocurren). La trama se despliega con una parsimonia antinarrativa que le viene genial al misterio que envuelve a la invasión alienígena (un misterio tronchante porque resulta que los infectados, en su eterna bondad, son incapaces de mentir o de matar a otros animales para alimentarse).
El argumento avanza a un ritmo de infarto por su pausa, no por el vértigo que debería presuponérsele a una ficción apocalíptica. Pero esta pausa permite que ese mismo argumento haga poso en el ánimo del espectador, también en su cabeza. Por su parte, el guion se estructura de forma sublime tanto en lo micro (abundan las metáforas visuales que añaden peso poético a lo explicado) como en lo macro (aunque parece que no pasa nada, la primera temporada te mantiene en vilo capítulo tras capítulo gracias a los diferentes twists -saltos de foco del personaje principal al secundario- y exploraciones -tomarse su tiempo para ahondar en la solitud insoportable de la protagonista, Carol Sturka, en cierto momento-).

E incluso los personajes se reducen a un mínimo extremo. Contra la masa plural, que acaba teniendo en Zosia (Karolina Wydra) una portavoz que simple y llanamente está siguiéndole la corriente a Carol para obtener de ella lo que la mente colmena necesita, solamente destacan tres personajes: la propia Carol Sturka (una escritora de fantasía romántica para adultos que pierde a su pareja durante la invasión y que se auto-asigna la tarea de salvar a la Humanidad, interpretada por Rhea Seehorn), Manousos Oviedo (un señor que se niega por completo a negociar con la mente colmena, encarnado por Carlos-Manuel Vesga) y, mucho más tangencialmente, Mr. Diabaté (un tipo que usa la complacencia del virus invasor para vivir la vida padre)…
Esto no deja de ser una deliciosa jugarreta por parte de Vince Gilligan en estos tiempos en los que la Administración Trump ha hecho que la ficción audiovisual yanki destierre la lucha por la diversidad que tanto terreno había ganado en la última década. En “Pluribus”, los dos protagonistas son un señor latino y una señora blanca que, ¡tachán!, resulta ser lesbiana. Lo que implica que, al dejar tan solo a estos dos personajes en su sustracción salvaje, la declaración de intenciones al respecto de la diversidad debería escocer más todavía en el territorio MAGA.
Porque el exceso siempre tiene como objetivo apabullar al espectador… Y la sustracción que practica Gilligan persigue justo lo contrario: tratar al espectador como un ente inteligente capaz de asimilar lo que está viendo y otorgándole el tiempo necesario para que se forme una opinión meditada, sosegada y, por lo tanto, mucho más honesta y real. Algo que entronca directamente con el segundo aspecto de “Pluribus” que las series del futuro deberían copiar.
Lección 2. “Pluribus” como ejemplo de respeto al espectador y su atención

El propio título de “Pluribus” es una referencia a una frase en latín que la cultura yanki ha hecho muy suya: “e pluribus unum” (“de muchos, uno”). Es un lema que habla de cómo la comunidad actúa a modo de ente único por encima del individuo… Pero, en manos de Vince Gilligan, el lema se subvierte para advertir de un peligro cada vez mayor en nuestra actualidad: la apelación al bien común como una forma de desmantelar la individualidad.
Históricamente, el bien común siempre ha sido el motivo ulterior por el que una persona solía aparcar su individualidad en favor de la comunidad. Actualmente, sin embargo, estamos viviendo una erosión de la individualidad no a favor de un bien común, sino de ciertos intereses privados. Ya sabemos todos de qué hablo: la policía del pensamiento individual y único que se desvía del pensamiento colmena impuesto por las redes, un verdadero movimiento de implantación de lo homogéneo y lo mediocre porque lo homogéneo y mediocre es más fácil de controlar (impide las reacciones negativas por parte de individuos organizados) y permite un mayor rédito comercial (si el consumo es previsible, no hay que estar pendientes de cambios en el mercado).
“Pluribus” habla de la pérdida de la individualidad por culpa de un virus extraterrestre, pero no cuesta intuir que Gilligan habla en verdad de la pérdida de individualidad que están implantando nuevas tecnologías como las redes sociales (con su secuestro de la atención y su inyección de ideologías) o la IA (con el aborregamiento implícito en una expansión aplanadora destinada a aplastar rasgos tan humanos como la curiosidad o la creatividad). También habla de aislamiento social, algo que muchos han asociado al post-Covid cuando, en verdad, tiene mucho más que ver con ese mundo virtual que imponen las redes sociales y que quiere alejarnos cada vez más y más del mundo real y de las personas que lo habitan.
Esto me lleva de vuelta al mensaje de los créditos de la serie contra la IA… Pero resulta que hay todavía más. Porque el propio ritmo de “Pluribus” es otra declaración de intenciones en plena era del déficit de atención. Ya he dicho que la ficción de Gilligan roza lo antinarrativo, lo que se siente como verdadero terrorismo contra ese algoritmo que ha establecido que todo debe ocurrir rápido, rápido, más rápido. Ese algoritmo que dicta que al espectador hay que dárselo todo mascado porque probablemente esté mirando la tele con el teléfono en la mano.

La apuesta del show runner es otra: demostrar que al Sr. Gilligan no se la podría sudar más la economía del tiempo acelerado por las leyes de la productividad. Algo que se concreta en un mensaje que ya es icono televisivo: ““Hola, Carol. Esto es una grabación. Después del tono, puedes dejar un mensaje para solicitar cualquier cosa que necesites. Haremos todo lo posible para proporcionártelo, nuestros sentimientos hacia ti no han cambiado, Carol, pero después de todo lo que ha pasado, solo necesitamos un poco de espacio”.
Este es el mensaje de voz que no solo suena una y mil veces en varios de los episodios de la serie, sino que además suena ENTERO de principio a fin porque, en una decisión mucho más que consciente, Gilligan decide no cortar ni una sílaba. Su idea es llevarte hasta el límite de la paciencia, claro… Pero también hacerte sentir que, en la soledad más absoluta, Carol deja ese mensaje una y otra vez porque es la única voz humana que escucha en el transcurrir de sus días. Es un recurso divertidísimo y tristísimo a la vez.
Pero, sobre todo, es una herramienta particularmente efectiva a la hora de dejar clarísimo que esta serie no se pliega a las leyes del algoritmo, la homogeneidad y la mediocridad impuestas, sino que marca las fronteras de su propio territorio. Un territorio que no respeta las leyes del mercadeo turbo-capitalista porque hace algo mucho mejor: respetar profundamente al espectador que, en última instancia, es el que está poniendo en juego su tiempo y su atención. Por favor, series del futuro, sed un poco más como “Pluribus”. Gracias.
Sinceramente,
Raül De Tena




