¿Es “Queer Me” de Irene Bailo Carramiñana un punto y aparte para lo queer?

Últimamente, no puedo parar de pensar en la superación de cierta noción de lo queer que se está forzando desde lo mainstream… Y es precisamente ahí donde “Queer Me”, el documental de Irene Bailo Carramiñana, se revela como un emocionante punto y aparte.

Uno de los temas que más me han obsesionado al hacer recapitulación sobre los grandes conceptos que atravesaron la cultura del pasado 2025 (y que sé que va a seguir obsesionándome durante todo este nuevo 2026) es la superación de la queer. De hecho, a esta temática ya dediqué hace unas semanas esta newsletter en la que, partiendo de la asunción de que “lo queer es un espacio de tránsito: con suerte, lo que hoy es queer mañana estará (más o menos) normalizado… y existirá un nuevo espacio queer”, venía a decir que lo que parece que hemos superado no es lo queer en sí mismo, sino una etapa concreta de lo queer.

Con esto quiero decir que tengo la sensación de que hemos pasado unos años en los que lo mainstream ha asimilado cierta noción ultra-superficial de lo queer: una estética, unos postulados mínimos, las partes más inofensivas de un concepto con muchas aristas cortantes. Y que, ahora que está a otras cosas, ahora que lo ha agotado, ahora que ha desactivado su peligro, ahora que está en su propia transición hacia lo trad para asegurar un eterno alineamiento con las tendencias del mercadeo capitalista, “lo mejor que puede pasar es que lo mainstream se olvide de lo queer y, en ese espacio menos observado por el ojo del capitalismo que todo lo devora, florezca otro mundo posible”.

Porque repito: lo queer es un espacio de tránsito, no una categoría estanca. Y, por lo tanto, si lo queer no fuera superando diferentes etapas, significaría que no tiene sentido. Su sentido está en mover el foco de atención hacia los márgenes disidentes de la norma y ejercer una fuerza reivindicativa hasta que los márgenes se muevan un poquito más allá para asimilar esta disidencia… Y vuelta a empezar con otro nuevo queer, ese que queda un poquito más allá de las fronteras recién movidas.

Sobre todo esto no podía parar de pensar mientras veía Queer Me, un documental en el que Irene Bailo Carramiñana retrata su estancia en la Casa Okupa TDB de Toulouse alrededor de 2015… y mucho más. Porque puede que el punto de partida de la película sea la urgente necesidad de la directora de dar salida al torrente de imágenes que registró con su cámara durante aquellos años de activismo queer, pero lo interesante es que acaba escalando hacia otros temas, otros momentos y otros espacios que no solo enriquecen el film, sino que sobre todo elevan la visión de cine queer que de él se desprende.

Es necesario partir del hecho, eso sí, de que “Queer Me” es un documental extremadamente conmovedor por lo que tiene de candidez en el auto-retrato de alguien que se expone sin pudor y que acaba rebosando ternura y entrañabilidad debido a su colosal humanidad. Y escribo esto siendo totalmente consciente de que todos estos valores que estoy ensalzando están en desuso en un mundo actual que está a otras cosas. Otras cosas mucho menos humanas, más salvajes, menos empáticas, más crueles.

Por eso resulta tan necesaria la existencia de una película como esta, que entrelaza dos grandes temáticas partiendo de las mencionadas imágenes de la Casa Okupa TDB de Toulouse. Esta casa es, como suele decirse, otro protagonista más en el documental: un personaje que habla a través de unas imágenes capturadas con un cariño y un mimo extremos a la hora de dejar constancia de la intervención y transformación comunal de la arquitectura, ya sea para tirar muros abajo, para hacer pintadas cargadas de significado o para organizar fiestas que canalicen un activismo que hierve en la sangre de todos sus habitantes.

“Queer Me” trata a este personaje concediéndole su propio desarrollo clásico en forma de presentación, nudo y desenlace. Es por eso por lo que es imposible no rendirse a esa historia de fantasmas con asesinato de violencia machista que está enrocado en la génesis de la Casa Okupa TDB y que hace todavía más bella y significativa la resignificación del lugar en un espacio transmarikabollo. Irene Bailo Carramiñana utiliza a este personaje para desplegar su exploración en dos direcciones distintas pero entrelazadas la una con la otra.

Por un lado, está el mencionado activismo queer capturado no solo en la propia TDB, sino también en la reunión que, 10 años después, vuelve a congregar a algunas de las personas que convivieron en la Casa Okupa. Personas que compartieron un activismo urgente que aparece ante la cámara en la forma de performances y fiestas (porque, como apunta alguien en el documental, la fiesta es polítika al ser el espacio en el que todo un conjunto de personas fuera de la norma se expanden sin nada que les corte las alas), pero también en un día a día tanto o más importante.

Porque ese día a día es el tiempo para el activismo de la convivencia en comuna, los cuidados compartidos, las decisiones colectivas y los afectos como cemento imprescindible para mantener sanos los cimientos de la Casa Okupa. Un activismo con sus propios claroscuros, obviamente, tal y como atestigua ese punto y final de Irene en la TDB cuando se le hace insostenible la acogida de dos menores fugados de instituciones psiquiátricas. Pero es que negar los claroscuros sería negar la humanidad de lo queer y pretender que es un fenómeno tan ramplón como el que ha querido vender lo mainstream.

La segunda exploración de Bailo Carramiñana, por otra parte, aterriza en un campo concreto del activismo: el cuerpo disidente. Es imposible no emocionarse con Irene haciendo las paces con las fotos de la infancia en las que parece un niño. Pero es que, a través de la mezcla de las imágenes de la Casa Okupa con todo un conjunto de vídeos de su archivo personal, el documental también acaba hablando del cuerpo disidente, de cómo aceptarse a uno mismo abrazando precisamente todo aquello que te aleja del canon.

Irene siempre expone de forma frontal los aspectos en los que se fundamentan su disidencia: gordura, vello facial y lesbianismo. Pero la suya es tan solo una de las muchas luchas que refulgen a su alrededor: cuerpos que incomodan a la norma al habitar de forma tan natural e infinitamente bella aquello que esa misma norma no solo no entiende, sino que incluso se esfuerza por censurar, desactivar, desmantelar, negar, invisibilizar.

Pero ahí está otra de las grandes proezas de “Queer Me”: en su concepción del cine queer como espacio para visibilizar aquello que la norma se niega a mirar de frente.

Se intuye detrás de lo que vemos en “Queer Me” una reflexión sobre las posibilidades del cine queer. En cierto momento, de hecho, se comenta que el amor por el cine es precisamente uno de los puntos de contacto de Irene con la que todos sienten como la matriarca de la Okupa. Pero todas esas conversaciones sobre cine y, sobre todo, todas esas reflexiones quedan fuera del montaje final.

Y tiene todo el sentido del mundo, porque “Queer Me” no es teoría, sino práctica. Una práctica en la que Bailo Carramiñana demuestra que lo queer no tiene por qué ser anarquía ni desorden. De hecho, es realmente fascinante cómo se sirve de dos elementos puramente cinematográficos para, con sutilidad pero a la vez con firmeza, sublimar la forma de su documental. Por un lado, la voz en off que sirve para hilar los múltiples tiempos que se solapan sobre la pantalla. Por el otro, el uso de la música como herramienta de montaje que dé fluidez y continuidad a los recuerdos.

En definitiva, “Queer Me” propone un cine queer como representación (todo lo que ya he expuesto en el apartado anterior), pero también como espacio de debate. Por eso resulta tan acertado el reencuentre 10 años después: porque permite la revisión desde un ahora en el que todes han evolucionado hacia diferentes estados de su búsqueda, de su lucha, de su activismo. Pero un ahora en el que, a la vez, todes llevan a flor de piel las enseñanzas de su paso por una Okupa que les ofreció la posibilidad de llevar sus exploraciones hasta el extremo para determinar qué descartaban y qué conservaban.

Hacia el final del documental, hay una escena particularmente significativa: la de Irene caminando por la calle a pleno sol, exhibiendo con la cabeza bien alta ese cuerpo disidente que ocultaba tras la cámara a su llegada a la TDB. Es el testimonio final de que aquella noción de lo queer que vivió tan intensamente alrededor de 2015 ya puede habitar el espacio de la norma no con mayor facilidad, pero sí con un orgullo confrontacional y natural.

Lo que me lleva de vuelta a lo que comentaba al principio de este artículo: esa escena tiene mucho de superación de un estado de lo queer. Y puede que, de forma un poco egoísta, yo acabara “Queer Me” con ganas de que Irene Bailo Carramiñana no se quedara allá, en ese cierre pluscuamperfecto del viaje. Precisamente porque el documental revela una voz extremadamente elocuente a la hora de abordar lo queer, me quedé con ganas de que su exploración no se limitara al pasado y al presente, sino que se preguntara por el futuro. Por qué viene ahora. Por cuál es el próximo espacio que lo queer debe conquistar.

Pero no me quejo, ni mucho menos. No me quejo, porque la esperanza es inevitable. “Queer Me” ha dejado claro de lo que Irene es capaz. Y no tengo ninguna duda de que su visión del cine la llevará a explorar el futuro que se abre delante de nosotres aquí y ahora con una nueva etapa de lo queer.

Sinceramente,

Raül De Tena

¿Te resultó de ayuda este artículo?
No

Sobre el autor

Raül De Tena

Al ponerme a escribir esta bio me he dado cuenta de que, así, a lo tonto y como quien no quiere la cosa, llevo más de veinte años escribiendo sobre temas relacionados con la música, la moda, el cine, la literatura, la cultura en general. Siempre he escrito muy sinceramente... Pero, ahora, más todavía.

Raül De Tena

Al ponerme a escribir esta bio me he dado cuenta de que, así, a lo tonto y como quien no quiere la...

Newsletter

3 minutos

Lo más visto